martes, 4 de diciembre de 2012

La mejor ciudad del mundo


Me preguntaba el otro día cuál sería la mejor ciudad del mundo. Caminada por Spiegelgracht, cruzaba el puente en de su unión con Prinsengracht junto al café Heuvel. Las luces de navidad parecían un manto de ganchillo luminoso posado sobre los árboles casi pelados de hojas por el invierno. Con el viento las bombillas que los decoraban se movían, y con su tintineo característico de luces y sombras iluminaban las fachadas pintorestas al borde del agua.

¿Podría ser ese lugar uno de los más bonitos que jamás hubiera visto? Podría, ser. Para gustos colores, pero a mi me parecía que era tan mágico que sentí la necesidad de compartirlo con alguien. Compartirlo con el mundo. Pensé en hacer una foto. En enseñarla. En que todo el mundo lo viera. Pero de qué me sirve que todo el mundo lo vea si no pueden decírmelo en ese momento, o sazonar el instante con unas palabras, un chiste o un silencio.

Etonces volví a darme cuenta de algo que suelo olvidar: que la mejor ciudad no es la más bonita, ni la más grandiosa, no es la más rica ni la más conocida. La mejor ciudad es aquella en la que están tus amigos, tus vivencias Aquella que te ha hecho llorar con sus historias y las tuyas, en la que has conocido gente en bares, que te ha emocionado, en la que te ha llovido sin paraguas cuando volvías a casa caminando un martes a las seis de la mañana. Mis mejores ciudades son tres, y me pregunto si pronto serán cuatro.

¿Cuál es la vuestra?

miércoles, 7 de marzo de 2012

El último día en Granada,
adios sol,
adios las risas.
Hola prisas,
ladrillo abandonado,
franceses amargados,
tornillos oxidados,
lluvia y tempestad,
lágrimas de bruma en la ventana,
precipitan en un cristal
empañado de niebla.
Adios alegre guitarra del albaicín,
voz de tus palmas quebradas.
Hola al triste acordeón,
a partir de hoy serás mi canción.