lunes, 9 de agosto de 2010

nubes de humo

Desperté empapado en sudor, y aún dormido corrí las cortinas a un lado. La calle parecía estar cubierta de un vaho y ni el sol se veía, no había nubes solo una neblina mágica que lo cubría todo. Pensé que del calor los cristales se habían empañado por fuera, y cuando abrí la contraventana dejé de oler el ambientador de lavanda, el humo penetró en mis pulmones, y las cenizas comenzaron a depositarse en mi mesita de noche, parecía nieve sucia, pero no estaba fría, y olía a papel quemado.
Las torres y cúpulas estaban rodeadas de un aura mágica que envolvía el aire asfixiante, la calle vacía salpicada de gente que corría con mascarillas y coches que pasaban son las ventanillas subidas. Apenas distinguía más allá del otro lado de la calle. Los cuarenta grados apenas me dejaban respirar, y tras cinco minutos mi garganta empezó a secarse como cuando te acercas mucho a una barbacoa aún humeante. Cerré la ventana y me senté en la cama ¿QUÉ ESTABA SUCEDIENDO? ¿HABÍA LLEGADO EL FUEGO A La CIUDAD?
Cogí mi cámara de fotos y recorrí parques y calles de niebla densa, el Москва parecía difuminarse en el horizonte, los parques también, todo, todo había cambiado, y todo tenía ese aspecto de tragedia postbélica, parecía que nadie se movía ya, ya no había nadie, la ciudad como una Pompeya inmensa, Moscú se asfixiaba en una nube.

viernes, 16 de julio de 2010

El día en que odié a Hans Riegel

Abrí la puerta, que me respondió con el chirrido seco de las visagras. Fui a la cocina a lavarme las manos. Cuando montaba en bus una de las cosas que más me angustiaba era agarrarme a la barra roja. No siempre, sólo a veces, cuando estaba resbaladiza, pues pensaba la cantidad de dedos, y manos que la habían tocado. No soy un sibaritas ni un tiquismiquis, pero desde el boom de la gripe porcina algunos de esos hábitos se han quedado grabados en mi subconsciente y ahora los repito de manera sistemática. Cerré el grifo y me giré. Encima del mantel a cuadros de la cocina había una barra de pan de la nueva panadería del barrio y una bolsa multicolor de ese plástico brillante con dibujos de colores chillones que te indican que el contenido lejos de ser saludable es dulce como la melaza. Me abalancé a la bolsa y miré el interior. Los colores del arcoíris aparecían representados en formas de frutas y geométricas, de osos y de aviones, que reflejaban una luz mórbida, reflejo sebáceo que olía a perfume de frutas exóticas y a frescor de colonia . Mis manos como hipnotizadas por el dulce carbohidrato se escaparon a mi control y se lanzaron al interior de la bolsa, la textura era suave, esponjosa, dulce como el algodón y resbaladiza como la miel. No podía evitar disfrutar con el sabor que al contacto inundaba paladar y los laterales de la lengua. Se pegaban en los dientes, pero eso no evitó que una tras otra fuera comiéndome todas las formas de golosina, hasta la última.

Veinte minutos y mi estómago, mis ojos, mi boca, todo mi cuerpo reaccionó al atracón de azúcares y grasas saturadas: ojos cansados, tos, boca seca de alpargata, cansancio, sopor, dolor de estómago y un sabor a náuseas que ascendía de mi esófago.

Ese fue el día en el que odié las gominolas.

jueves, 8 de julio de 2010

Saddler Street

Aquel día el cielo estaba nublado y hacía frío, las piedras húmedas de la calzada reflejaban con intensidad la poca luz que quedaba. No era tarde pero en Inglaterra a veces la oscuridad llegaba sin previo aviso. Al llegar a la estación el tren paró en seco, salimos del andén y caminamos hasta puerta principal. La estación estaba en lo más elevado de una planicie desde la que se veía el abrupto poso de valles y escarpadas colinas rociadas de bosques y de altos campanarios y tejados puntiagudos. Era una ciudad encantadora, pintoresca no a la manera de las ciudades del sur, sino con esa sobriedad y refinado sabor de las ciudades del norte. El castillo de piedra azarosa dominaba el horizonte ergido torpemente en la cima de la colina, bajo la que se extendían salpicadas las calles de casas de pétrea pizarra. En el mar del Norte ahoga sus opacas aguas el río, que parece enzarzarse en una terrible batalla de recovecos imposibles.

Cruzando Elvet Bridge me pareció revivir un cuento de caballeros y doncellas vestidas de H&M cargadas con bolsas e Marks&Spencer. La calle principal tenía una obertura en la pared, algo como una pequeña callejuela que ascendía angosta y llena de tuberías oxidadas. En un cartel pude leer "Waterstones", y trepando por esa calle fue como descubrí el café Vennels, un lugar donde las viejas del pueblo se acercaban a las 5 a tomar el té, donde el carrotcake parecía llevar carrot de verdad y donde las vistas al castillo volvían la estancia más acogedora.

Hoy he vuelto a recordar Durham mientras hundía en un vaso la última bolsita de té que compré en Saddler Street.

jueves, 4 de marzo de 2010

Beneficio sin oficio


A veces la vida me parece un engaño, una trampa para los pobres tontos que se dedican a vivirla, pues golpeados continuamente por ésta, terminan sufiriendo con la existencia no pudiendo ya distinguir ni bien ni mal, deber, placer u obligación. Desorientados buscamos en ella algo que perdido brilla oculto en varias cosas, la felicidad se esconde aparentemente en cada meta, pero es más rápida que nosotros. Y cuando parece que la alcanzamos, vuelve a desaparecer.
La vida en nuestros días se ha complicado mucho, y bajo la capa de maquillaje que esconde un estómago lleno y unos cuantos euros en el bolsillo, encontramos almas demacradas, ojos que ya se han secado de tanto llorar, y corazones que sangran día a día. Me pregunto si habrá un día en el que la Tierra sea un lugar justo para vivir y no un caramelo que hay que aprender a tomar, aprender a pelar, aprender a chupar, por qué simplemente no podemos disfrutarla sin más, como un úlimo día para vivir, o como un último momento para amar todo lo que somos, y no lo que podemos llegar a ser. ¿Por qué nos enseñan a trabajar en lugar de enseñarnos a disfrutar con lo que hacemos? Porque hoy en día lo que cuenta ya no es el oficio, tan sólo el beneficio.

martes, 16 de febrero de 2010

Algún lugar

Recuerdo aquel día, esperandote con una camisa de lino, era verano y el cesped y el cielo estaban tan secos, y de ese tono tan anaranjado, tan veraniego, el horizonte azul marino se juntaba en el cielo con el océano, y los niños reían al tirarse rodando colina abajo. Eran días tranquilos de verano. Y en el momento en el que una gaviota pasó por delante del pico del faro, una ola rompió en las rocas del muelle, y en el instante en el que la manilla de los minutos marcó las y cuatro y trentaisiete segundos, los rayos de sol alinearon nuestras siluetas, me miraste, te miré. Se oía una música de fondo, "somewhere over the rainbow", de kamakawiwo'ole, todo era perfecto.

Hoy he vuelto al lugar donde pasé la mejor tarde de mi vida. Era la misma hora y parecía el mismo sitio, pero sin embargo no había gritos de niños, ni gaviotas, la música se había apagado, y el banco estaba triste y solo. Pero corría la misma brisa, así que pensé que quizás te harías convertido en aire. Y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

viernes, 12 de febrero de 2010

Decidí morir

La vida se convirtió en una rutina penitente que no acababa, en un montón órdenes y de obligaciones que no quería encarar, ecuaciones que no comprendía. Una mañana me levanté, en silencio la casa me devolvió la mirada, todo estaba pulcro y recogido, en silencio, la ropa planchada y doblada, y un olor a perfume lo inundaba todo, y en ese instante decidí que no quería vivir más, que el momento de morir había llegado. El agua rozó mis labios y de un trago el puñado de pastillas llegó a mi estómago. No tardé mucho en sentir cómo mis músculos se relajaban, mi visión cada vez más borrosa y mis parpados apenas resistían. Hasta que cerré los ojos.
La luz blanca lo inundaba todo, al principio tan solo eso, hasta que supe que me habían llevado a un psiquiátrico, los médicos me dijeron que me quedaba poco tiempo de vida, mi corazón no resistió la sobredosis, ¿años? ¿meses? no, sólo una semana. Pasaron los días, y me di cuenta de que en esas circunstancias no quería morir, no en tan poco tiempo, aún tenía algo pendiente, quería ver el mundo, ver un último amanecer, aún quería querer y ser querida por alguien. Me enamoré. Escapamos una mañana, con miedo y esa emoción que hacía a nuestros corazones latie más rápido, y sentíamos la adrenalina de estar más vivos que nunca. Quise aprovechar cada segundo de los días que me quedaban por delante. Y así lo hice.
Creer que iba a morir me hizo aprovechar los segundos que me quedaban y exprimir cada momento. Cada día se convirtió en un regalo.
Disfrutad de cada segundo.

¿Poquito o demasiado?


Cuando somos pequeños lo utilizamos como escusa para jugar un rato más, en realidad es eso, algo que no llegamos a comprender y que siempre estará ahí, sabemos que siempre estará. Vamos creciendo y al principio es los minutos que nos separan de salir de clase, de salir de fiesta, de ver a alguien especial, es las horas que nos quedan de estar en el instituto, de ser aún universitarios, los minutos que quedan para nuestra boda, los segundos que nos quedan para salir del trabajo y las horas que tenemos antes de levantarnos de nuevo y regresar. Se convierte en una rutina, porque en su torbellino nos encierra y nos ciega para que no nos percatemos de su valor. Los minutos de nervios antes de una gran decisión, los segundos antes de un esperado reencuentro, las amargas horas en la cama de un hospital, los longevos días antes de morir, los segundos de agonía que hoy sospecho eternos.
A veces ocurren acontecimientos en los que él tiene mucho que decir, simples coincidencias, peor si vuelves la vista atrás te darás cuenta de que tienes una vida tras de ti, tantos momentos que podrías escribir con ellos varias biblias, incluso más interesantes, tantas anécdotas, y un sinfín de cosas que sabes que has olvidado.
El tiempo nos acompaña desde siempre y por siempre, puede ser tu peor amigo o podéis aprender a llevaros bien, pues te dió la vida, y te la quitará, y tan solo de ti depende que lo aproveches o que dejes que se te escape como un puñado de arena entre las manos. Aprovechad el tiempo que se os ha dado, y hará de vosotros alguien de provecho.
Como dice mi madre " el tiempo es oro y el que lo pierde es bobo".

domingo, 17 de enero de 2010

En un frasco de cristal

De color verde tu olor inspiraba en mis noches encerrado, en ese vidrio transparente lo imaginaba tan fresco como el rocío que decantado en los pétalos amanecía en mi mente anclado tu recuerdo, que no me dejaba despertar: ¿cómo sería tu perfume? aun en sueños me acerqué a ti lentamente, y con mis dedos te cogí, tan frágil que me dió miedo el imaginar cómo te rompías en miles de afilados vértices, tras el reflejo acuoso el líquido elixir esperaba escondido ser descubierto, pero una vez que lo hiciera sabía que el hidroxilo de tu esencia te evaporaría como incienso, desaparecerías.

Quería comprobarlo.

Y entre los cristales rotos, al principio, quedó tan solo un charco de acuosa materia, y mientras te contemplaba, triste, desapareciste, poco a poco, y en efluvios ascendentes lo inundaste todo. Aspiré y me transporté a aquel lugar de mi infancia que ya casi había olvidado, verde como la hierba y azul como el mar, corría por una calle de A Coruña, angosta y gris como el cielo de aquel día, y me llevó hasta aquel frasquito de perfume reluciente, que durante años había guardado con recelo, esperando el momento para convertirlo de nuevo en aire. Ya antes lo había intentado, pero no había podido, y siempre te había tapado de nuevo. Esta vez quise liberarte para que en esencia te convirtieras de nuevo.
Para que fueras un recuerdo libre,
para que nunca más estuvieras encerrado en un frasco de cristal.

miércoles, 13 de enero de 2010

Se apagó la luz


Amplias ventanas empañadas en el vaho reflejaban las luces desde fuera garabateaban siluetas distorsionadas como bocetos de algo frío. Me ponía de los nervios. Alcé mi mano y con el guante deshice el borrón. Vi con claridad. No soportaba los cristales empañados del autobús. Me gusta ver el exterior claramente. Una de las cosas que más me sorprenden de la línea 21 es que conozco su recorrido tan perfectamente que no hace falta que mire el camino, sé cuando tengo que presionar el botón y sé cuando tengo que levantarme, para guardar el libro y salir del autobus. Aquella tarde sucedió algo extraordinario;
Acababa de darme cuenta de que en dos paradas tendría que bajarme, así que guardé mi libro y me dediqué a mirar la demás gente del autobús, como siempre. Pero no había nadie, claro, eran las 11 y llovía. La luz de la ciudad de repente desapareció, y como en una pesadilla las tinieblas envolvieron el autobús, ya no sabía si rodába o si flotaba en la penumbra, las hileras de árboles eran ahora siluetas oscuras contra el cielo de ese oscuro rojo nocturno, y los edificios parecían antiguas siluetas de castillos encantados de ciudades fantasma. Llegué a mi parada. Bajé. No había nadie, ni un ruido. Ni un maullido.
Silencio

"¿Dónde estoy?"

Tardé exactamente 7 segundos en darme cuenta de que aquel panorama tenebroso era mi calle, no había luz en las farolas, y como un tonto me quedé en medio de la vacía avenida, contento de encontrar de nuevo la noche que hacía tanto que no veía, la noche que echaba tanto de menos. La lluvia cesó, e incluso pude llegar a ver alguna estrella entre las nubes. No entiendo muy bien por qué razon esa noche algo cambió en mi modo de verlo todo,
No todo es luz, también hay oscuridad, como en ese momento. Y la felicidad no es la meta ni el camino. La meta es que nos completemos como seres, y el camino es felicidad y es la tristeza. No todo es blanco, ni negro. Las cosas son como las veas, o a veces como te dejen que las veas. Y yo en ese momento, lo veía todo negro.

Inspirado en el apagón que sumió mi barrio en la más absoluta oscuridad, a las 23:24 el 13 de Enero de 2010.

lunes, 11 de enero de 2010

Copo, copito, copón.


Cada mañana al despertarme subía la persiana, miraba durante un instante el panorama invernal de hojas en el suelo y árboles cada vez más desnudos, frío. Aquella mañana mientras sostenía con ambas manos un vaso de té algo inaudito sucedió. Del cielo empezó a caer ceniza helada, aunque no olía a fuego. Pero no era una ceniza normal, se trataba de algo frío que desaparecía cuando lo tocaba, dejando un rastro húmedo en su lugar, era la magia del frío y del calor. Era el frío en estado sólido, y pensé que ser un copo de nieve debía de ser algo triste, vives solo en un descenso apacible para desaparecer al rozar el asfalo. Qué vida tan aburrida, me dije. Al menos las gotas de agua sentían cierta emoción al caer veloces y estrellarse contra el suelo. Entonces pensé que la nieve era una version más glamurosa que la lluvia, su versión burguesa que envuelta en bisón blanco carecía de sentimientos, pero era tan bella, que inspiraba nuestros poemas, con su blancura parecía querer transmitirnos algo: que en el mundo no hay colores, solo
blanco.

lunes, 4 de enero de 2010

noche de invierno


- Llevo esperándote toda la noche
- Devuelveme la felicidad
- ¿Qué gano yo a cambio?
- Mi gratitud
- Quiero tu alma a cambio
- Prefiero ser un desalmado feliz y no vivir con esta angustia
- Entonces no vivirás



Cuando la puerta del número 12 de Hornbosteig Straat se abrió ya era de día, la suela de unos zapatos de piel se hundió en un charco que el barro había vuelto carmesí. Un abrigo de tela verde oscuro, un metro cincuenta de estatura, unos guantes de cuero negro que tapaban sus arrugadas manos, y un sombrero de ala adornado con plumas de ganso que coronaba su cabeza. A sus setentaicinco años cada mañana daba una vuelta a la manzana con su coquer de pelo largo y marrón, luego volvía a casa, alcanzaba a duras penas la estantería donde en un tarro cristalino escondía de nadie los sobrecitos de té, calentaba agua en una tetera y se sentaba a ver los días pasar, hora tras hora, segundo tras segundo. Pero ese día no iba a llegar muy lejos. Al cerrar la puerta de su casa, sintió una brisa fría en la única parte de su cuello que la bufanda no llegaba a tapar. Después sus pasos resonaron tres veces antes de que un grito desgarrara aquella mañana de invierno.
Cuando la policía la interrogó, todos los vecinos coincidieron en algo, hacía tiempo que a esa anciana se le había ido la cabeza.

sábado, 2 de enero de 2010

¡Oh! blanca navidad


Comienza el 2010, y como cada nuevo año nos afanamos en felicitarnos porque en vez de un 9 ahora escribiremos un 10, aunque sepamos que la navidad consistirá en una serie de comidas obligadas con amigos que hace mucho que no veo, y a veces prefiero ni ver, en familiares con caras largas que critican a otros no presentes y que se critican entre ellos, y en fiestas, de nuevo obligadas aunque sepamos de antemano que la mejor noche es aquella que surge de forma espontánea y sin ser planeada. También le dedicamos largas sesiones de reflexión a pensar lo estupendo o lo malo que fue este año, y lo mucho peor que será el siguiente, aunque sepamos que la naturaleza no entiende de números, que las tormentas no se toman las uvas, y que si esa nochevieja tiene que haber un temporal lo habrá, aunque tu te hayas gastado no se cuantos euros en un vestido, por que sí.
La navidad, año tras año, ha ido perdiendo todo el encanto que algún día, en mi infancia tuvo, porque creo que además de desconocer la verdadera identidad de los reyes magos, y que papá Noel era en realidad un inmigrante ilegal con barba postiza, no entendía los sutiles insultos y amenazas que mi familia se lanzaba, entre gamba y canapé, como si de un ritual navideño más se tratara, cada 31 de Diciembre a las doce menos cuarto, justo antes de que una rubia operada, pagada por la tele pública, se comiera doce uvas y brindara con champán del francés embutida en un trozo de tela cosido por un tal Armani.