viernes, 12 de febrero de 2010

Decidí morir

La vida se convirtió en una rutina penitente que no acababa, en un montón órdenes y de obligaciones que no quería encarar, ecuaciones que no comprendía. Una mañana me levanté, en silencio la casa me devolvió la mirada, todo estaba pulcro y recogido, en silencio, la ropa planchada y doblada, y un olor a perfume lo inundaba todo, y en ese instante decidí que no quería vivir más, que el momento de morir había llegado. El agua rozó mis labios y de un trago el puñado de pastillas llegó a mi estómago. No tardé mucho en sentir cómo mis músculos se relajaban, mi visión cada vez más borrosa y mis parpados apenas resistían. Hasta que cerré los ojos.
La luz blanca lo inundaba todo, al principio tan solo eso, hasta que supe que me habían llevado a un psiquiátrico, los médicos me dijeron que me quedaba poco tiempo de vida, mi corazón no resistió la sobredosis, ¿años? ¿meses? no, sólo una semana. Pasaron los días, y me di cuenta de que en esas circunstancias no quería morir, no en tan poco tiempo, aún tenía algo pendiente, quería ver el mundo, ver un último amanecer, aún quería querer y ser querida por alguien. Me enamoré. Escapamos una mañana, con miedo y esa emoción que hacía a nuestros corazones latie más rápido, y sentíamos la adrenalina de estar más vivos que nunca. Quise aprovechar cada segundo de los días que me quedaban por delante. Y así lo hice.
Creer que iba a morir me hizo aprovechar los segundos que me quedaban y exprimir cada momento. Cada día se convirtió en un regalo.
Disfrutad de cada segundo.