Me preguntaba el otro día cuál sería
la mejor ciudad del mundo. Caminada por Spiegelgracht, cruzaba el
puente en de su unión con Prinsengracht junto al café
Heuvel. Las luces de navidad parecían un manto de ganchillo luminoso posado sobre los árboles casi pelados de hojas por el invierno. Con el viento las bombillas que los decoraban se movían, y con su tintineo característico de luces y sombras iluminaban las fachadas pintorestas
al borde del agua.
¿Podría ser ese lugar uno de los más
bonitos que jamás hubiera visto? Podría, ser. Para gustos colores,
pero a mi me parecía que era tan mágico que sentí la necesidad de
compartirlo con alguien. Compartirlo con el mundo. Pensé en hacer una foto. En enseñarla. En que todo el
mundo lo viera. Pero de qué me sirve que todo el mundo lo vea si no
pueden decírmelo en ese momento, o sazonar el instante con unas
palabras, un chiste o un silencio.
Etonces volví a darme cuenta de algo
que suelo olvidar: que la mejor ciudad no es la más bonita, ni la
más grandiosa, no es la más rica ni la más conocida. La mejor
ciudad es aquella en la que están tus amigos, tus vivencias Aquella
que te ha hecho llorar con sus historias y las tuyas, en la que has conocido gente en bares, que te ha
emocionado, en la que te ha llovido sin paraguas cuando volvías a casa caminando un martes a las seis de la mañana. Mis mejores ciudades son tres, y
me pregunto si pronto serán cuatro.
¿Cuál es la vuestra?
¿Cuál es la vuestra?