A veces la vida me parece un engaño, una trampa para los pobres tontos que se dedican a vivirla, pues golpeados continuamente por ésta, terminan sufiriendo con la existencia no pudiendo ya distinguir ni bien ni mal, deber, placer u obligación. Desorientados buscamos en ella algo que perdido brilla oculto en varias cosas, la felicidad se esconde aparentemente en cada meta, pero es más rápida que nosotros. Y cuando parece que la alcanzamos, vuelve a desaparecer. La vida en nuestros días se ha complicado mucho, y bajo la capa de maquillaje que esconde un estómago lleno y unos cuantos euros en el bolsillo, encontramos almas demacradas, ojos que ya se han secado de tanto llorar, y corazones que sangran día a día. Me pregunto si habrá un día en el que la Tierra sea un lugar justo para vivir y no un caramelo que hay que aprender a tomar, aprender a pelar, aprender a chupar, por qué simplemente no podemos disfrutarla sin más, como un úlimo día para vivir, o como un último momento para amar todo lo que somos, y no lo que podemos llegar a ser. ¿Por qué nos enseñan a trabajar en lugar de enseñarnos a disfrutar con lo que hacemos? Porque hoy en día lo que cuenta ya no es el oficio, tan sólo el beneficio.
Recuerdo aquel día, esperandote con una camisa de lino, era verano y el cesped y el cielo estaban tan secos, y de ese tono tan anaranjado, tan veraniego, el horizonte azul marino se juntaba en el cielo con el océano, y los niños reían al tirarse rodando colina abajo. Eran días tranquilos de verano. Y en el momento en el que una gaviota pasó por delante del pico del faro, una ola rompió en las rocas del muelle, y en el instante en el que la manilla de los minutos marcó las y cuatro y trentaisiete segundos, los rayos de sol alinearon nuestras siluetas, me miraste, te miré. Se oía una música de fondo, "somewhere over the rainbow", de kamakawiwo'ole, todo era perfecto.
Hoy he vuelto al lugar donde pasé la mejor tarde de mi vida. Era la misma hora y parecía el mismo sitio, pero sin embargo no había gritos de niños, ni gaviotas, la música se había apagado, y el banco estaba triste y solo. Pero corría la misma brisa, así que pensé que quizás te harías convertido en aire. Y una sonrisa se dibujó en mi rostro.
La vida se convirtió en una rutina penitente que no acababa, en un montón órdenes y de obligaciones que no quería encarar, ecuaciones que no comprendía. Una mañana me levanté, en silencio la casa me devolvió la mirada, todo estaba pulcro y recogido, en silencio, la ropa planchada y doblada, y un olor a perfume lo inundaba todo, y en ese instante decidí que no quería vivir más, que el momento de morir había llegado. El agua rozó mis labios y de un trago el puñado de pastillas llegó a mi estómago. No tardé mucho en sentir cómo mis músculos se relajaban, mi visión cada vez más borrosa y mis parpados apenas resistían. Hasta que cerré los ojos. La luz blanca lo inundaba todo, al principio tan solo eso, hasta que supe que me habían llevado a un psiquiátrico, los médicos me dijeron que me quedaba poco tiempo de vida, mi corazón no resistió la sobredosis, ¿años? ¿meses? no, sólo una semana. Pasaron los días, y me di cuenta de que en esas circunstancias no quería morir, no en tan poco tiempo, aún tenía algo pendiente, quería ver el mundo, ver un último amanecer, aún quería querer y ser querida por alguien. Me enamoré. Escapamos una mañana, con miedo y esa emoción que hacía a nuestros corazones latie más rápido, y sentíamos la adrenalina de estar más vivos que nunca. Quise aprovechar cada segundo de los días que me quedaban por delante. Y así lo hice. Creer que iba a morir me hizo aprovechar los segundos que me quedaban y exprimir cada momento. Cada día se convirtió en un regalo. Disfrutad de cada segundo.
Cuando somos pequeños lo utilizamos como escusa para jugar un rato más, en realidad es eso, algo que no llegamos a comprender y que siempre estará ahí, sabemos que siempre estará. Vamos creciendo y al principio es los minutos que nos separan de salir de clase, de salir de fiesta, de ver a alguien especial, es las horas que nos quedan de estar en el instituto, de ser aún universitarios, los minutos que quedan para nuestra boda, los segundos que nos quedan para salir del trabajo y las horas que tenemos antes de levantarnos de nuevo y regresar. Se convierte en una rutina, porque en su torbellino nos encierra y nos ciega para que no nos percatemos de su valor. Los minutos de nervios antes de una gran decisión, los segundos antes de un esperado reencuentro, las amargas horas en la cama de un hospital, los longevos días antes de morir, los segundos de agonía que hoy sospecho eternos. A veces ocurren acontecimientos en los que él tiene mucho que decir, simples coincidencias, peor si vuelves la vista atrás te darás cuenta de que tienes una vida tras de ti, tantos momentos que podrías escribir con ellos varias biblias, incluso más interesantes, tantas anécdotas, y un sinfín de cosas que sabes que has olvidado. El tiempo nos acompaña desde siempre y por siempre, puede ser tu peor amigo o podéis aprender a llevaros bien, pues te dió la vida, y te la quitará, y tan solo de ti depende que lo aproveches o que dejes que se te escape como un puñado de arena entre las manos. Aprovechad el tiempo que se os ha dado, y hará de vosotros alguien de provecho.
Como dice mi madre " el tiempo es oro y el que lo pierde es bobo".
De color verde tu olor inspiraba en mis noches encerrado, en ese vidrio transparente lo imaginaba tan fresco como el rocío que decantado en los pétalos amanecía en mi mente anclado tu recuerdo, que no me dejaba despertar: ¿cómo sería tu perfume? aun en sueños me acerqué a ti lentamente, y con mis dedos te cogí, tan frágil que me dió miedo el imaginar cómo te rompías en miles de afilados vértices, tras el reflejo acuoso el líquido elixir esperaba escondido ser descubierto, pero una vez que lo hiciera sabía que el hidroxilo de tu esencia te evaporaría como incienso, desaparecerías.
Quería comprobarlo.
Y entre los cristales rotos, al principio, quedó tan solo un charco de acuosa materia, y mientras te contemplaba, triste, desapareciste, poco a poco, y en efluvios ascendentes lo inundaste todo. Aspiré y me transporté a aquel lugar de mi infancia que ya casi había olvidado, verde como la hierba y azul como el mar, corría por una calle de A Coruña, angosta y gris como el cielo de aquel día, y me llevó hasta aquel frasquito de perfume reluciente, que durante años había guardado con recelo, esperando el momento para convertirlo de nuevo en aire. Ya antes lo había intentado, pero no había podido, y siempre te había tapado de nuevo. Esta vez quise liberarte para que en esencia te convirtieras de nuevo. Para que fueras un recuerdo libre, para que nunca más estuvieras encerrado en un frasco de cristal.
Amplias ventanas empañadas en el vaho reflejaban las luces desde fuera garabateaban siluetas distorsionadas como bocetos de algo frío. Me ponía de los nervios. Alcé mi mano y con el guante deshice el borrón. Vi con claridad. No soportaba los cristales empañados del autobús. Me gusta ver el exterior claramente. Una de las cosas que más me sorprenden de la línea 21 es que conozco su recorrido tan perfectamente que no hace falta que mire el camino, sé cuando tengo que presionar el botón y sé cuando tengo que levantarme, para guardar el libro y salir del autobus. Aquella tarde sucedió algo extraordinario; Acababa de darme cuenta de que en dos paradas tendría que bajarme, así que guardé mi libro y me dediqué a mirar la demás gente del autobús, como siempre. Pero no había nadie, claro, eran las 11 y llovía. La luz de la ciudad de repente desapareció, y como en una pesadilla las tinieblas envolvieron el autobús, ya no sabía si rodába o si flotaba en la penumbra, las hileras de árboles eran ahora siluetas oscuras contra el cielo de ese oscuro rojo nocturno, y los edificios parecían antiguas siluetas de castillos encantados de ciudades fantasma. Llegué a mi parada. Bajé. No había nadie, ni un ruido. Ni un maullido.
Silencio
"¿Dónde estoy?"
Tardé exactamente 7 segundos en darme cuenta de que aquel panorama tenebroso era mi calle, no había luz en las farolas, y como un tonto me quedé en medio de la vacía avenida, contento de encontrar de nuevo la noche que hacía tanto que no veía, la noche que echaba tanto de menos. La lluvia cesó, e incluso pude llegar a ver alguna estrella entre las nubes. No entiendo muy bien por qué razon esa noche algo cambió en mi modo de verlo todo, No todo es luz, también hay oscuridad, como en ese momento. Y la felicidad no es la meta ni el camino. La meta es que nos completemos como seres, y el camino es felicidad y es la tristeza. No todo es blanco, ni negro. Las cosas son como las veas, o a veces como te dejen que las veas. Y yo en ese momento, lo veía todo negro.
Inspirado en el apagón que sumió mi barrio en la más absoluta oscuridad, a las 23:24 el 13 de Enero de 2010.
Cada mañana al despertarme subía la persiana, miraba durante un instante el panorama invernal de hojas en el suelo y árboles cada vez más desnudos, frío. Aquella mañana mientras sostenía con ambas manos un vaso de té algo inaudito sucedió. Del cielo empezó a caer ceniza helada, aunque no olía a fuego. Pero no era una ceniza normal, se trataba de algo frío que desaparecía cuando lo tocaba, dejando un rastro húmedo en su lugar, era la magia del frío y del calor. Era el frío en estado sólido, y pensé que ser un copo de nieve debía de ser algo triste, vives solo en un descenso apacible para desaparecer al rozar el asfalo. Qué vida tan aburrida, me dije. Al menos las gotas de agua sentían cierta emoción al caer veloces y estrellarse contra el suelo. Entonces pensé que la nieve era una version más glamurosa que la lluvia, su versión burguesa que envuelta en bisón blanco carecía de sentimientos, pero era tan bella, que inspiraba nuestros poemas, con su blancura parecía querer transmitirnos algo: que en el mundo no hay colores, solo blanco.
- Llevo esperándote toda la noche - Devuelveme la felicidad - ¿Qué gano yo a cambio? - Mi gratitud - Quiero tu alma a cambio - Prefiero ser un desalmado feliz y no vivir con esta angustia - Entonces no vivirás
Cuando la puerta del número 12 de Hornbosteig Straat se abrió ya era de día, la suela de unos zapatos de piel se hundió en un charco que el barro había vuelto carmesí. Un abrigo de tela verde oscuro, un metro cincuenta de estatura, unos guantes de cuero negro que tapaban sus arrugadas manos, y un sombrero de ala adornado con plumas de ganso que coronaba su cabeza. A sus setentaicinco años cada mañana daba una vuelta a la manzana con su coquer de pelo largo y marrón, luego volvía a casa, alcanzaba a duras penas la estantería donde en un tarro cristalino escondía de nadie los sobrecitos de té, calentaba agua en una tetera y se sentaba a ver los días pasar, hora tras hora, segundo tras segundo. Pero ese día no iba a llegar muy lejos. Al cerrar la puerta de su casa, sintió una brisa fría en la única parte de su cuello que la bufanda no llegaba a tapar. Después sus pasos resonaron tres veces antes de que un grito desgarrara aquella mañana de invierno.
Cuando la policía la interrogó, todos los vecinos coincidieron en algo, hacía tiempo que a esa anciana se le había ido la cabeza.
Comienza el 2010, y como cada nuevo año nos afanamos en felicitarnos porque en vez de un 9 ahora escribiremos un 10, aunque sepamos que la navidad consistirá en una serie de comidas obligadas con amigos que hace mucho que no veo, y a veces prefiero ni ver, en familiares con caras largas que critican a otros no presentes y que se critican entre ellos, y en fiestas, de nuevo obligadas aunque sepamos de antemano que la mejor noche es aquella que surge de forma espontánea y sin ser planeada. También le dedicamos largas sesiones de reflexión a pensar lo estupendo o lo malo que fue este año, y lo mucho peor que será el siguiente, aunque sepamos que la naturaleza no entiende de números, que las tormentas no se toman las uvas, y que si esa nochevieja tiene que haber un temporal lo habrá, aunque tu te hayas gastado no se cuantos euros en un vestido, por que sí. La navidad, año tras año, ha ido perdiendo todo el encanto que algún día, en mi infancia tuvo, porque creo que además de desconocer la verdadera identidad de los reyes magos, y que papá Noel era en realidad un inmigrante ilegal con barba postiza, no entendía los sutiles insultos y amenazas que mi familia se lanzaba, entre gamba y canapé, como si de un ritual navideño más se tratara, cada 31 de Diciembre a las doce menos cuarto, justo antes de que una rubia operada, pagada por la tele pública, se comiera doce uvas y brindara con champán del francés embutida en un trozo de tela cosido por un tal Armani.
Como picas elevadas contra el cielo, clavadas en un telón azul eléctrico manchado de nubes grises rasgan el cielo de antenas oxidadas. Amasijos de ladrillo y vidrio metálico se yerguen de paredes verticales que no son sino una perpendicular al horizonte infinito y prolongado de las calles. Cada noche te coinvertías en un parpadeo eléctrico sobre un telón ahora negro, y algunas sombras se dejaban ver, perdidas y borrachas vagando entre la séptima y la octava, para que al final la luz de la mañana revelara el bullicioso caos que escondes en tus entrañas. Y en el centro de todo la naturaleza encuentra su refugio fuera del hormigón ardiente y de las columnas de humo que se apresuran hacia el cielo. Del asfalto trepa el vapor aprisionado en el subsuelo, calor, taxis amarillos y más luces. Sigo caminando y ante mí se eleva el altar del capitalismo en forma de color y parpadeos eléctricos, postes publicitarios que se mueven sin cesar. En ese altar se permite todo pagando, y todos pretenden estar en él, en el cruce del horror donde las venas de Nueva York se cortan en forma de plaza, es el corazón palpitante de occidente, convertido en números y finanzas. Y es al llegar a este punto cuando te das cuenta de que no eres más que un código de barras, que tu condición de humano aquí no sirve de nada, no eres único, eres uno más vestido por ellos, alimentado por ellos, y cuantos más seamos mayor será la cifra que manejan. Al llegar a Times Square se abrieron mis ojos, contra los escaparates una multitud alborotada se apretaba y en las cajas colas infinitas de gente haciendo turno. Al llegar a Times Square mis ojos se abrieron al darse cuenta de la verdad. Habían estado cerrados mucho tiempo.
Vuelves a la ciudad a limpiar todo lo que el tiempo ha olvidado, que cubierto de polvo ha envejecido, amistades, lugares, gente, momentos escondidos en segundos, minutos y días de ausencia, y ahora, vuelvo y creo queya no soy de aquí, ni de allí, que estoy en medio de un montón de gente que ya se ha olvidado de mi hace tiempo, aunque yo nunca los haya olvidado. Porque es fácil acostumbrarse a las cosas, a los cambios, y tacharé de cínicos a los que digan que el tiempo no olvida, pasa para todos, y todos caemos en ese torbellino que nos arrastra hacia quien sabe qué. Todos, todos hemos cambiado tanto. Donde quedan aquellas despedidas, aquel “nos veremos en un año y todo será igual”, aquellas promesas y aquella pena que durante meses nos acompañó, y quizá sea este el mejor momento para empezar de nuevo, pero al fin y al cabo siempre ha sido así, es la misma historia repetida una y otra vez, y me pregunto ¿empezar a qué?
Y cada mañana al salir el sol el encanto desaparecía y te convertías de nuevo en un ser frío e inerte como la piedra, inservible, y con un semblante férreo tu mirada dirigida al suelo, y parecía ausente, y de no haberte visto noches antes despierta ni siquiera me percataría de tu presencia. De pie parecías esperar a que el manto de la noche volviera a cubrir el cielo y que así el encanto desapareciese. Mirándote todo el día fijamente, abstraído el cielo comenzó a teñirse de un azul marino y violeta cada vez más oscuro, y cuando se ocultó en el horizonte contemplé lo más raro que jamás había visto.
Cuando ya parecía que la oscuridad de la noche iba invadirnos empezaste a parpadear, como la luz eléctrica de una bombilla pendida del techo, tu brillo guiñaba cada vez más rápido hasta que el tintineo desapareció y la luz surgió. Despertaste. Parecías estar rodeada de un aura mágica, y todo lo que a ti se acercaba se convertía en sombras diabólicas que de los pies a la cabeza, deformes, te seguían y a veces te adelantaban. Aún despierta eras un ser solitario, tan solo el viento te mecía cuando soplaba fuerte. Debías de estar helada. Te observaba desde mi ventana, y en la fría calle, clavada en el suelo, pensé que eras un ser único, algo mágico e inexplicable, así que decidí bajar para verte más de cerca, incluso pensé en tocarte.
Llegué al último peldaño y pisé el asfalto negruzco lleno de charcos. Continué caminando hasta que detrás de la esquina parecía reflejarse una luz en el suelo, sabía que eras tú, no tenía miedo, sólo curiosidad, necesitaba observarte más de cerca para saber que eras real. Mi corazón latía cada vez más fuerte, al fin sabría cómo eras, sabría si estabas vestida o desnuda, descubriría el auténtico color de tu tez, y si eras real o un sueño. Di un paso y la luz iluminó mis pies, y al darle la vuelta a la esquina mis ojos se abrieron al verte tan de cerca, y la tu luz se reflejó en mis pupilas empapadas de lágrimas de emoción, pues no estabas sola. Corrí por en medio de la carretera y me detuve frente a ti, pero ya no sabía cuál de ellas eras, porque todas erais iguales, cientos de farolas alumbrabais la calle aquella noche. Y en aquella línea mágica de luces tan sólo eras un punto más, como una estrella encerrada en una lata.
Por el sendero íbamos juntos, seguíamos hacia el horizonte por el angosto camino que nacía a nuestros pies, y seguros avanzábamos en una dirección. Éramos felices, sabíamos que no había obstáculos delante. Y la vida era tranquila, y en ese sendero sobrevivimos a tormentas, tempestades, al frío, a la lluvia, al sol y al viento, y crecimos juntos, hasta que un día, entre la niebla y sin querer me salí del sendero, y todo cambió de repente, pues ya no sabía lo que era mi vida, ya no tenía a nadie conocido, me cruzaba con gente, para luego despedirme, ya no sabía quién era. Antes creía que el final del sendero sería el final de todo, de mi vida, pero ahora no lo sabía, ignoraba cuanto me esperaba por vivir. Ahora era un explorador que perdido en su sombra y en sus pasos caminaba, tan solo mis huellas me decían por donde no debería de volver a pasar. Y pasaron los años.
Fue difícil ser libre y estar perdido en medio de la nada, había sido mucho más fácil la vida en el camino, con los demás. Pero poco a poco aprendí a vivir solo, aprendí a defenderme y enlos momentos de soledad ya no lloraba, sacaba mi guitarra y cantaba junto a los que me cruzaba fuera del sendero. Aprendí a ser feliz y juré que nunca volvería a seguir un camino, que siempre sería libre, porque seguir un camino significa aceptar muchas cosas malas.
Hay días en los que pienso en mi vida, sentado en el viejo escalón de fría piedra mi mirada se pierde en los recuerdos que pasan por mi mente, recuerdos de viajes, de personas, de los lugares por los que he pasado, y hoy es uno de esos días. Me desperté inquieto pensando en ella, ¿qué sucedía? A qué se debía ese nudo en el estómago. Pasó la mañana y la inquietud dio paso a una sensación de agobio, como cuando tienes un examen o como cuando has hecho algo malo y sientes remordimientos. Pero estaba vez yo no había hecho nada, olvidaba algo importante. Que me perseguía como un murmullo en el viento. Desde que volví a Granada había estado pensando en ti, incluso por las noches soñaba con una calle de parís por la que paseábamos de noche, pero el tiempo había pasado tan deprisa, los días ya se habían convertido en años, las ilusiones en problemas, y nuestros intentos por quedar ahora eran complicadas estratagemas para escabullirnos de nuestra rutina, hacía mucho que no te veía, que no pasábamos una tarde juntos sentados simplemente hablando en un café, hacía tanto que echaba de menos a aquella mente agitada y aquella sonrisa. No recuerdo lo que nos había pasado algún día años atrás, quizás sea el tiempo el que en un cuello de botella ahoga la amistad, el amor y el deseo, quizás todo nace para terminar, y nuestra amistad simplemente terminó ahogada en un vaso de rutina y de obligaciones, cuando crecemos siempre crecen los problemas, y creo que eso fue lo que nos sucedió, que crecimos demasiado. Me dirigía a la oficina de empleo, desaliñado, tosía. Acababa de volver a Granada, hacía justo un año y quince días que no pisaba a España pero había decidido regresar. Solía pensar que vivir en una ciudad extranjera, sólo y sin apenas conocer el idioma era lo que mejor nos ayudaría a conocernos a nosotros mismos, pero no había sido el caso, el que siempre había creído estar seguro de sí mismo se había equivocado, y se había alejado de todo lo que alguna vez tuvo, sus amigos y su familia. Mayo de 2018, quién me iba a decir que la vida pasaba tan rápido, que tan rápido perdíamos la juventud y llegábamos a los trentaipico y todavía esperando. Desalentado caminaba recordando las calles, los lugares por los que hace 11 años había sido feliz con tanta gente. Me senté en un café y saqué la libreta mi vieja libreta de dibujos, con las tapas marrones de cuero y ese olor a goma y grafito que me golpeó al abrirla, estaba llena, llena de una juventud que ya había desaparecido, que se había marchitado. Pasaba las páginas asombrándome de mi mismo: verano de 2008, octubre, noviembre, los viajes en Francia, y el 12 de enero un rostro me devolvió la mirada, era tu dibujo, sentada en una mesa me devolvías la mirada con esos ojos claroscuros de papel, miré la fecha y recordé que aquel dibujo lo había hecho el día de tu cumpleaños, en una de mis tardes estudiando frente a la ventana de mi habitación, en Francia. Te había dedicado una poesía y en la dedicatoria ponía una fecha. El corazón comenzó a latirme rápido y el café se me atragantó, los segundos ahora eran eternos y los minutos insufribles, era el día, y en pocos minutos sería la hora. Había olvidado por completo la fecha y la promesa, demasiados problemas tenía en mi cabeza para recordarlo. Subía a trompicones por las piedras del Albaycín, el sol brillaba tenue en el horizonte, se oía una guitarra y el murmullo de los turistas en la Plaza de San Nicolás, corrí justo hasta la cruz, y como si de un loco se tratase intentaba encontrarte entre los rostros desconocidos, pero no te veía, quizás te habías olvidado de la fecha o de la hora, o quizás simplemente no querías venir, puede que incluso me hubieras olvidado. Me senté frente a la Alhambra, roja y dorada reflejaba el sol del atardecer. Volví a la cruz, y despidiéndome del paisaje descubrí tu rostro entre la multitud, sentada con los pies colgando, con una larga falda de verde de seda, y una camiseta de colores, con un pañuelo también verde en la cabeza y con unas gafas de pasta, sonreías con el sol dándote en la cara, con esa media sonrisa cálida que tanto me gustaba, también contemplabas la Alhambra. Al acercarme a ti mis ojos sintieron ahogarse, se inundo de nudos mi garganta y mi corazón se aceleró hasta hacerme daño en el pecho, me acerqué a ti y sin decir nada te abracé en silencio. Me miraste con los ojos empañados: _No quiero que volvamos a separarnos ¿me lo prometes? _Te lo prometo.
Me encontraba en medio de una calle desconocida, despoblada, el polvo y el humo me envolvían y ese olor a metralla y a pólvora que envolvía la escena apenas me dejaba respirar. No dejaba de correr hacia algún lugar que desconocía, era una calle desierta, y de vez en cuando detrás de mí se levantaban columnas de humo y tierra para luego terminar en un estruendo de triste destrucción. Era el sonido de la guerra, me sentía perdido en país desconocido, con gente que nunca había visto, y de repente llegué a algún lugar que no recuerdo, vi algo importante, algo grande, algo así como una revelación que no llego a esclarecer, y entonces abrí los ojos y me encontré en la fría oscuridad, arropado, estaba sólo en un lugar al que hacía tiempo que no volvía, me levanté y me dirigí hacia la ventana, y según subía la persiana me di cuenta de que había algo raro en todo aquello, una luz misteriosa detrás de las verdes cortinas, era una luz mágica que todo lo envolvía, era extraño, como si me hubiera asomado a la proa de un transatlántico y tuviera el océano ante mis ojos, tan inmenso, tan puro, me sentí extrañamente afortunado y me froté los ojos antes de darme cuenta de que en realidad era nieve. Nieve en Aix-en-provence.
Hoy he descubierto algo que me ha sorprendido, como si de un jarro de agua fría se tratara. Sentado en mi habitación creía estar seguro de mi mismo. Me cerraba al mundo con mi autoestima artificialmente engrandecido y creyendo que todo era perfecto, que nada malo podía sucederme porque simplemente todo seguiría la inercia de la fortuna hasta que un día diera un paso equivocado y cayera de bruces contra el suelo. Y hoy me he dado cuenta de que creer que todo va bien, creer que todo es irrefutablemente perfecto y harmonioso aburría mi vida, monótona y vacía. Necesitamos tropezar continuamente para ver de cara la realidad, y que son esos tropiezos los que me permiten seguir escribiendo estas líneas. No sentía necesario contar lo que podría leer en un cuento. Es mejor contar lo que sucede en el mundo de los vivos. Que el tiempo pasa, que la gente cambia, que todo se olvida y que solo algunas cosas se recuerdan, que muchos se olvidarán de que exististe y que sólo algunos te recordarán en lo bueno y muchos en lo malo. Al fin y al cabo somos humanos. ¿Iba a esperar algo más?
Temblaba como el lomo de algo vivo el asiento y el motor rugía al acelerar, el sol se reflejaba en las gafas de sol estilo police que le daban ese aire chic, el día acababa de empezar, el cielo raso en el horizonte las montañas, curvas, más curvas, y al fin, miradlo allá a lo lejos, es el mar al que volvemos cada año, la sal pegada en la piel y la fina arena blanca de la playa que se extendía infinita, y el azul marino más allá hasta la línea del horizonte donde una nube violeta intentaba amenazarnos, son días tranquilos de verano los que pasé junto a ti, son los días más felices de mi vida en los que volví a recordarte al reconstruir el esbozo de tu sonrisa, de tu pelo rizado y de tus labios rosados. Sé que no estás y que por eso te siento tan cerca, siempre. Esperaré sentado en la arena hasta que vuelvas andando desde el mar para decirme que nada importa y que el tiempo nunca se detuvo hace diez años.