Cafe Bohemia
Las cosas importantes no son cosas
viernes, 26 de abril de 2019
miércoles, 24 de abril de 2019
martes, 23 de abril de 2019
martes, 4 de diciembre de 2012
La mejor ciudad del mundo
¿Cuál es la vuestra?
miércoles, 7 de marzo de 2012
jueves, 8 de diciembre de 2011
Si fuera agua

Cuando desperté amanecía como una gota en el bosque de la Alhambra, y entre las ramas descubrí el cielo de un día soleado como muchos otros sentí evaporarme en una bruma misteriosa, y me arrastré hasta adentrarme en tus patios, me precipité entre los muros de la fortaleza. A lo lejos los chorros de agua bailaban tranquilos con las golondrinas, y entre la fina joyería de tu yeso vi poesía antigua que de tu belleza hablaba. Añoré días antiguos de calma y de reposo, y me filtré en los mármoles de tu solería y en un chorro salté de la boca de un león, para convertirme en historia, me transformé por un momento en la belleza última y sublime del agua en fuente del misterio, en manantial de la inspiración y de la sabiduría, y conocí en aquel instante el vértigo de la materia y del misterio. Y me sentí de nuevo arrastrada al triste Darro que volvería a alejarme del brillo místico que me alumbraba, que me volvía un ser mágico aunque sólo fuera agua.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Posada en un monte

miércoles, 28 de septiembre de 2011
Flandes
En la Gran Plaza hay mucha gente, demasiada, hay torres, hay campanarios, hay edificios altos, tiendas, hay ajetreo. Cada día diría que bajo de mi refugio en mi colina cerca de la Madeleine y es lo primero que encuentro, una avenida atascada de autos que me lleva a esa plaza rectangular. Volver a casa son diecinueve minutos en los que camino por un puente en el que se cruzan vías de tren, de metro y de tranvía. Cuando dejo todo eso atrás cruzo la autovía por un puente. Me paro, miro los coches, sigo, vuelvo a mirar detrás, y desde aquel lugar se ven campanarios altos como el cielo, se ve humo de chimeneas cuando se hace tarde, y a veces de la niebla no se ve nada, por eso Lille parece estar en el cielo. La calle parece serpentear y subir como una culebra la colina del cementerio, las casas se alternan, alternan madera y ladrillo gastado que parece desmoronarse en barro si lo tocas. Pero luego lo tocas y es sólido como la piedra, y tiene moho, y a veces la humedad se mete en los huesos y sientes que te estas bañando en lago de agua fría. Pero subir esa cuesta ayuda, el frío ya no es tan frío, y al final, cuando llegas al café de la esquina ves una iglesia, giras a la izquierda y ves una calle roja y negra. Rojas las paredes, y negro el ladrillo oscurecido, aunque cuando hay sol el verde resalta y parece que todo se llena de hiedras que trepan por todas partes, y no hay cortinas, no hay persianas, por la noche ves la gente sentada, de pie, ves luces en cada ventana. Ves torres y campanarios a lo lejos, pero a veces la niebla no te deja ver nada.
viernes, 20 de mayo de 2011
luciérnaga
Hubo un país muy lejano en el que para encontrar el amor una princesa se encadenó en una torre, y juró que hasta que el amor no se la llevara no bajaría de su alcázar, no bebería más agua que la que la lluvia el aportara y no comería otra cosa que no fuera la hierba y los frutos que brotaran a la sombra en la verdina de las rocas de la torre.
Pasó el tiempo y la princesa, que nunca había pisado el mundo real, comenzó a leer historias de caballeros y creyéndoselas esperó impaciente a que alguien acudiera pronto a rescatarla.
Le habían contado que el amor vendría solo, poco a poco, que no lo amaría la primera vez, sino con el paso lento del tiempo, y que cuando necesitara volver a verlo cada día estaría enamorada. Le habían contado que su amor tendría los cabellos dorados como el sol, los ojos brillantes como la luna, y que en la noche la alumbraría con la llama de su fuego, así que apresurada por encontrarlo la princesa pasó noches esperando en la ventana, apoyada en la piedra, observando las estrellas, contándolas, y en su inocencia creyó empezar a enamorarse de una de ellas.
Era la que más brillaba, la que siempre la iluminaba en las noches oscuras sin luna, la que cuando tenía miedo parpadeaba para que no se sintiera sola, y cada noche se quedaba contemplando su amada estrella un poco más, y tal fue su amor que el ocaso se le juntaba con el alba, y ya ni comía ni bebía, su rostro cansado de espera y de angustia se consumió, sus brazos ya no eran brazos, sino esbozos de ramas retorcidas y su boca se convirtió en un fruto paso por el tiempo. Sus ojos eran ahora el triste reflejo de su lisiada alma, perlas de ámbar pálidas, y su cuerpo un tronco arrugado.
Una noche una luciérnaga se posó en su ventana, jubilosa y delgada de no comer, la princesa logró desatarse de las cadenas, y cuando la luciérnaga emprendió vuelo se internó en las malezas del bosque. Entusiasmada la princesa se precipitó al vacío y se sumergió tras ella, guiada por el tenue punto flotante de luz se hundió en la oscuridad, y atrapó la luciérnaga. Para que no volviera a escaparse le cortó las alas, y de dolor la luciérnaga murió. La princesa supo entonces que su amor no era ese, que su estrella no era aquel bicho apagado y débil, intento encontrar un claro desde el que observar el cielo estrellado, pero las ramas formaban un tapiz de hojas opacas.
Loca por no encontrarla, inmersa en la humedad de la noche, anidó sus raíces en el suelo y en hiedra se enroscó en sí misma, como el olmo y el fresno, esperando poder ver de nuevo las estrellas.
lunes, 28 de marzo de 2011
En la tormenta de la tierra mojada
Como gotas resbalaban en mi tímpano
las notas del eco acústico de las cuerdas frías,
de tambores de instrumentos
que resuenan en la lejanía,
en el yunque un martillazo,
un estribo de algo que diluía
mi conciencia en un éxtasis de placer,
que en liquido sonido parecía
llevarme al infinito,
y en la ceruminosa oscuridad de la habitación
la voz se arrastraba por los agudos vértices del utrículo
que en el vestíbulo de mi conciencia
aguardaba un sentimiento
que afloraba.
Una lengua de órgano desconocidos,
palabras que escapan a mi entendimiento,
que son simple música,
que repiten un mensaje
que inconsciente crepito
en el pabellón de la memoria
que aguarda el silencio de una lluvia
torrencial,
de un cristal fino,
de un verde intenso,
de un olor a ozono humedecido
despierta en la tormenta de la tierra mojada,
se ralentiza,
parece un aullido de tristeza
de su voz resuena hasta el horizonte de estrellas,
de negros cielos de agujeros
donde espera el vacío
la eternidad del sonido
en todas sus formas,
sin partituras ni notas graves,
sólo agudos
silencio, un crujido, aturdido
lunes, 14 de marzo de 2011
Leviatán

En la humedad y el olor a sal, las nubes parecían juntarse con el mar que, tranquilo, parecía esperar. Los pies del monte empapados por el fuerte oleaje en precipicios escarpados de roca oscura, casi negra, que las gaviotas descendían hasta la superficie espumosa del agua removida, para volver a emprender el vuelo cargadas de espinas. En la playa me tumbé sobre la grava, que estaba húmeda, fría, salada y suave. Cerré los ojos y soñé que se removían las entrañas de la tierra y que en su interior algún demonio rugía en un grito, hasta que el suelo del miedo que tenía tembló, parecía un llanto de rabia, un pataleo,una rabieta, y todo ese odio en una fuerza sobrenatural pareció desatarse. De la temible batalla librada en el infierno conseguí escuchar los ecos de su fragor, la energía ascendía desde las piedras hasta la palma abierta de mis manos, la grava bailaba en un tintineo que parecía crepitar bajo las yemas de mis dedos, y en mitad del sueño desperté. El mar parecía haber desaparecido, sólo había grava y el agua que se alejaba a borbotones, como una goma que se estiraba sin fin, como cuando en la orilla miras la espuma de la marea en tus pies y sientes un vértigo que te remueve las entrañas, y crees que vas a caer. Y caí, como la premonición de algo que no quería ver, tan sólo quise dormir de nuevo y despertar cuando el Leviatán desatado se hubiera marchado. Y adormecido en la arena, en mi sueño, lo escuché aproximarse como un bramido silbante hacia la playa, y en un estruendo sentí su líquido abrazo, que me atrapó y me zarandeó como una hoja en el ojo de un huracán, para luego escupirme. Sentí el fango en mis pulmones, escuché gritos, vi la luz del fuego y el sueño se apoderó de mí de nuevo, y me dejé guiar por el rumor de la nada, por el blanco de la luz, y por el sonido del silencio.
domingo, 6 de febrero de 2011
Título sin decidir
Melisa despertó en su cama cuando la luz, que trepaba lentamente por las sábanas, alcanzó su mejilla, y el suave calor de la primavera la hizo bostezar, y poco a poco sus ojos se abrieron, dulcemente. Desde la ventana de su cuarto las vistas eran preciosas, los tejados del centro viejo de la ciudad escalaban la colina en remolinos blancos de tejas rojas. Los días eran simplemente un regalo del cielo, había terminado los exámenes, esperaba hacer una entrevista en una semana para un posible nuevo trabajo. Ahora tan solo quería disfrutar esos días, leer, escuchar música, comer bien, salir por las tardes a contemplar el atardecer desde el mirador de San Nicolás. Anoche se había acostado pronto, no había escuchado la lluvia, pero debía de haber llovido mucho, pues los rayos del sol se reflejaban en los charcos de la calle. El verde era intenso, y el azul, manchado de nubes blancas. Preparó un café y se sentó a leer el correo. Nada interesante, cartas del banco, recibos, publicidad. El teléfono sonó.
_Ya voy, ¡un momento! Gritó mientras se apresuraba a descolgarlo.
El montón de cartas cayó al suelo cuando lo rozó con su camisón, y algunas debajo del sofá. Cuando acercó el teléfono a su cabeza, su rostro parecía aun relajado, pero su ceño fue frunciéndose de incomprensión al principio, luego posó mal la taza en la mesita de noche y esta cayó en una mancha marrón sobre la alfombra. Se llevó la misma mano que sostenía el café a su boca, ahora abierta en una mueca de dolor que se ahogaba, y los ojos se le fueron empañando hasta que en su lagrimal se precipitó el llanto.
_Melisa, lo siento mucho, lo encontraron por la mañana. No han podido hacer nada. Necesitamos que reconozcas el cadáver.

lunes, 31 de enero de 2011
por si acaso
lunes, 9 de agosto de 2010
nubes de humo
viernes, 16 de julio de 2010
El día en que odié a Hans Riegel
Abrí la puerta, que me respondió con el chirrido seco de las visagras. Fui a la cocina a lavarme las manos. Cuando montaba en bus una de las cosas que más me angustiaba era agarrarme a la barra roja. No siempre, sólo a veces, cuando estaba resbaladiza, pues pensaba la cantidad de dedos, y manos que la habían tocado. No soy un sibaritas ni un tiquismiquis, pero desde el boom de la gripe porcina algunos de esos hábitos se han quedado grabados en mi subconsciente y ahora los repito de manera sistemática. Cerré el grifo y me giré. Encima del mantel a cuadros de la cocina había una barra de pan de la nueva panadería del barrio y una bolsa multicolor de ese plástico brillante con dibujos de colores chillones que te indican que el contenido lejos de ser saludable es dulce como la melaza. Me abalancé a la bolsa y miré el interior. Los colores del arcoíris aparecían representados en formas de frutas y geométricas, de osos y de aviones, que reflejaban una luz mórbida, reflejo sebáceo que olía a perfume de frutas exóticas y a frescor de colonia . Mis manos como hipnotizadas por el dulce carbohidrato se escaparon a mi control y se lanzaron al interior de la bolsa, la textura era suave, esponjosa, dulce como el algodón y resbaladiza como la miel. No podía evitar disfrutar con el sabor que al contacto inundaba paladar y los laterales de la lengua. Se pegaban en los dientes, pero eso no evitó que una tras otra fuera comiéndome todas las formas de golosina, hasta la última.
Veinte minutos y mi estómago, mis ojos, mi boca, todo mi cuerpo reaccionó al atracón de azúcares y grasas saturadas: ojos cansados, tos, boca seca de alpargata, cansancio, sopor, dolor de estómago y un sabor a náuseas que ascendía de mi esófago.
Ese fue el día en el que odié las gominolas.
jueves, 8 de julio de 2010
Saddler Street

Cruzando Elvet Bridge me pareció revivir un cuento de caballeros y doncellas vestidas de H&M cargadas con bolsas e Marks&Spencer. La calle principal tenía una obertura en la pared, algo como una pequeña callejuela que ascendía angosta y llena de tuberías oxidadas. En un cartel pude leer "Waterstones", y trepando por esa calle fue como descubrí el café Vennels, un lugar donde las viejas del pueblo se acercaban a las 5 a tomar el té, donde el carrotcake parecía llevar carrot de verdad y donde las vistas al castillo volvían la estancia más acogedora.
jueves, 4 de marzo de 2010
Beneficio sin oficio

La vida en nuestros días se ha complicado mucho, y bajo la capa de maquillaje que esconde un estómago lleno y unos cuantos euros en el bolsillo, encontramos almas demacradas, ojos que ya se han secado de tanto llorar, y corazones que sangran día a día. Me pregunto si habrá un día en el que la Tierra sea un lugar justo para vivir y no un caramelo que hay que aprender a tomar, aprender a pelar, aprender a chupar, por qué simplemente no podemos disfrutarla sin más, como un úlimo día para vivir, o como un último momento para amar todo lo que somos, y no lo que podemos llegar a ser. ¿Por qué nos enseñan a trabajar en lugar de enseñarnos a disfrutar con lo que hacemos? Porque hoy en día lo que cuenta ya no es el oficio, tan sólo el beneficio.
martes, 16 de febrero de 2010
Algún lugar
Hoy he vuelto al lugar donde pasé la mejor tarde de mi vida. Era la misma hora y parecía el mismo sitio, pero sin embargo no había gritos de niños, ni gaviotas, la música se había apagado, y el banco estaba triste y solo. Pero corría la misma brisa, así que pensé que quizás te harías convertido en aire. Y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

viernes, 12 de febrero de 2010
Decidí morir
La luz blanc

Creer que iba a morir me hizo aprovechar los segundos que me quedaban y exprimir cada momento. Cada día se convirtió en un regalo.
Disfrutad de cada segundo.
¿Poquito o demasiado?

A veces ocurren acontecimientos en los que él tiene mucho que decir, simples coincidencias, peor si vuelves la vista atrás te darás cuenta de que tienes una vida tras de ti, tantos momentos que podrías escribir con ellos varias biblias, incluso más interesantes, tantas anécdotas, y un sinfín de cosas que sabes que has olvidado.
El tiempo nos acompaña desde siempre y por siempre, puede ser tu peor amigo o podéis aprender a llevaros bien, pues te dió la vida, y te la quitará, y tan solo de ti depende que lo aproveches o que dejes que se te escape como un puñado de arena entre las manos. Aprovechad el tiempo que se os ha dado, y hará de vosotros alguien de provecho.
domingo, 17 de enero de 2010
En un frasco de cristal
Quería comprobarlo.
Y entre los cristales rotos, al principio, quedó tan solo un charco de acuosa materia, y mientras te contemplaba, triste, desapareciste, poco a poco, y en efluvios ascendentes lo inundaste todo. Aspiré y me transporté a aquel lugar de mi infancia que ya casi había olvidado, verde como la hierba y azul como el mar, corría por una calle de A Coruña, angosta y gris como el cielo de aquel día, y me llevó hasta aquel frasquito de perfume reluciente, que durante años había guardado con recelo, esperando el momento para convertirlo de nuevo en aire. Ya antes lo había intentado, pero no había podido, y siempre te había tapado de nuevo. Esta vez quise liberarte para que en esencia te convirtieras de nuevo.
Para que fueras un recuerdo libre,
para que nunca más estuvieras encerrado en un frasco de cristal.
miércoles, 13 de enero de 2010
Se apagó la luz

Acababa de darme cuenta de que en dos paradas tendría que bajarme, así que guardé mi libro y me dediqué a mirar la demás gente del autobús, como siempre. Pero no había nadie, claro, eran las 11 y llovía. La luz de la ciudad de repente desapareció, y como en una pesadilla las tinieblas envolvieron el autobús, ya no sabía si rodába o si flotaba en la penumbra, las hileras de árboles eran ahora siluetas oscuras contra el cielo de ese oscuro rojo nocturno, y los edificios parecían antiguas siluetas de castillos encantados de ciudades fantasma. Llegué a mi parada. Bajé. No había nadie, ni un ruido. Ni un maullido.
"¿Dónde estoy?"
No todo es luz, también hay oscuridad, como en ese momento. Y la felicidad no es la meta ni el camino. La meta es que nos completemos como seres, y el camino es felicidad y es la tristeza. No todo es blanco, ni negro. Las cosas son como las veas, o a veces como te dejen que las veas. Y yo en ese momento, lo veía todo negro.
lunes, 11 de enero de 2010
Copo, copito, copón.
blanco.

lunes, 4 de enero de 2010
noche de invierno
- Llevo esperándote toda la noche
- Devuelveme la felicidad
- ¿Qué gano yo a cambio?
- Mi gratitud
- Quiero tu alma a cambio
- Prefiero ser un desalmado feliz y no vivir con esta angustia
- Entonces no vivirás
Cuando la puerta del número 12 de Hornbosteig Straat se abrió ya era de día, la suela de unos zapatos de piel se hundió en un charco que el barro había vuelto carmesí. Un abrigo de tela verde oscuro, un metro cincuenta de estatura, unos guantes de cuero negro que tapaban sus arrugadas manos, y un sombrero de ala adornado con plumas de ganso que coronaba su cabeza. A sus setentaicinco años cada mañana daba una vuelta a la manzana con su coquer de pelo largo y marrón, luego volvía a casa, alcanzaba a duras penas la estantería donde en un tarro cristalino escondía de nadie los sobrecitos de té, calentaba agua en una tetera y se sentaba a ver los días pasar, hora tras hora, segundo tras segundo. Pero ese día no iba a llegar muy lejos. Al cerrar la puerta de su casa, sintió una brisa fría en la única parte de su cuello que la bufanda no llegaba a tapar. Después sus pasos resonaron tres veces antes de que un grito desgarrara aquella mañana de invierno.
sábado, 2 de enero de 2010
¡Oh! blanca navidad

La navidad, año tras año, ha ido perdiendo todo el encanto que algún día, en mi infancia tuvo, porque creo que además de desconocer la verdadera identidad de los reyes magos, y que papá Noel era en realidad un inmigrante ilegal con barba postiza, no entendía los sutiles insultos y amenazas que mi familia se lanzaba, entre gamba y canapé, como si de un ritual navideño más se tratara, cada 31 de Diciembre a las doce menos cuarto, justo antes de que una rubia operada, pagada por la tele pública, se comiera doce uvas y brindara con champán del francés embutida en un trozo de tela cosido por un tal Armani.
jueves, 1 de octubre de 2009
New York City
Como picas elevadas contra el cielo, clavadas en un telón azul eléctrico manchado de nubes grises rasgan el cielo de antenas oxidadas. Amasijos de ladrillo y vidrio metálico se yerguen de paredes verticales que no son sino una perpendicular al horizonte infinito y prolongado de las calles. Cada noche te coinvertías en un parpadeo eléctrico sobre un telón ahora negro, y algunas sombras se dejaban ver, perdidas y borrachas vagando entre la séptima y la octava, para que al final la luz de la mañana revelara el bullicioso caos que escondes en tus entrañas. Y en el centro de todo la naturaleza encuentra su refugio fuera del hormigón ardiente y de las columnas de humo que se apresuran hacia el cielo. Del asfalto trepa el vapor aprisionado en el subsuelo, calor, taxis amarillos y más luces. Sigo caminando y ante mí se eleva el altar del capitalismo en forma de color y parpadeos eléctricos, postes publicitarios que se mueven sin cesar. En ese altar se permite todo pagando, y todos pretenden estar en él, en el cruce del horror donde las venas de Nueva York se cortan en forma de plaza, es el corazón palpitante de occidente, convertido en números y finanzas. Y es al llegar a este punto cuando te das cuenta de que no eres más que un código de barras, que tu condición de humano aquí no sirve de nada, no eres único, eres uno más vestido por ellos, alimentado por ellos, y cuantos más seamos mayor será la cifra que manejan. Al llegar a Times Square se abrieron mis ojos, contra los escaparates una multitud alborotada se apretaba y en las cajas colas infinitas de gente haciendo turno. Al llegar a Times Square mis ojos se abrieron al darse cuenta de la verdad. Habían estado cerrados mucho tiempo.
viernes, 17 de julio de 2009
Vuelta a Ciudad Soledad

Vuelves a la ciudad a limpiar todo lo que el tiempo ha olvidado, que cubierto de polvo ha envejecido, amistades, lugares, gente, momentos escondidos en segundos, minutos y días de ausencia, y ahora, vuelvo y creo que ya no soy de aquí, ni de allí, que estoy en medio de un montón de gente que ya se ha olvidado de mi hace tiempo, aunque yo nunca los haya olvidado. Porque es fácil acostumbrarse a las cosas, a los cambios, y tacharé de cínicos a los que digan que el tiempo no olvida, pasa para todos, y todos caemos en ese torbellino que nos arrastra hacia quien sabe qué. Todos, todos hemos cambiado tanto. Donde quedan aquellas despedidas, aquel “nos veremos en un año y todo será igual”, aquellas promesas y aquella pena que durante meses nos acompañó, y quizá sea este el mejor momento para empezar de nuevo, pero al fin y al cabo siempre ha sido así, es la misma historia repetida una y otra vez, y me pregunto ¿empezar a qué?
lunes, 2 de febrero de 2009
Encanto
Y cada mañana al salir el sol el encanto desaparecía y te convertías de nuevo en un ser frío e inerte como la piedra, inservible, y con un semblante férreo tu mirada dirigida al suelo, y parecía ausente, y de no haberte visto noches antes despierta ni siquiera me percataría de tu presencia. De pie parecías esperar a que el manto de la noche volviera a cubrir el cielo y que así el encanto desapareciese. Mirándote todo el día fijamente, abstraído el cielo comenzó a teñirse de un azul marino y violeta cada vez más oscuro, y cuando se ocultó en el horizonte contemplé lo más raro que jamás había visto.
Cuando ya parecía que la oscuridad de la noche iba invadirnos empezaste a parpadear, como la luz eléctrica de una bombilla pendida del techo, tu brillo guiñaba cada vez más rápido hasta que el tintineo desapareció y la luz surgió. Despertaste. Parecías estar rodeada de un aura mágica, y todo lo que a ti se acercaba se convertía en sombras diabólicas que de los pies a la cabeza, deformes, te seguían y a veces te adelantaban. Aún despierta eras un ser solitario, tan solo el viento te mecía cuando soplaba fuerte. Debías de estar helada. Te observaba desde mi ventana, y en la fría calle, clavada en el suelo, pensé que eras un ser único, algo mágico e inexplicable, así que decidí bajar para verte más de cerca, incluso pensé en tocarte.
Llegué al último peldaño y pisé el asfalto negruzco lleno de charcos. Continué caminando hasta que detrás de la esquina parecía reflejarse una luz en el suelo, sabía que eras tú, no tenía miedo, sólo curiosidad, necesitaba observarte más de cerca para saber que eras real. Mi corazón latía cada vez más fuerte, al fin sabría cómo eras, sabría si estabas vestida o desnuda, descubriría el auténtico color de tu tez, y si eras real o un sueño. Di un paso y la luz iluminó mis pies, y al darle la vuelta a la esquina mis ojos se abrieron al verte tan de cerca, y la tu luz se reflejó en mis pupilas empapadas de lágrimas de emoción, pues no estabas sola. Corrí por en medio de la carretera y me detuve frente a ti, pero ya no sabía cuál de ellas eras, porque todas erais iguales, cientos de farolas alumbrabais la calle aquella noche. Y en aquella línea mágica de luces tan sólo eras un punto más, como una estrella encerrada en una lata.